Gonzalo García Iranzo, cofundador de Hotta
Gonzalo García, cofundador de Hotta, comparte cómo identificó una oportunidad en una ineficiencia energética que durante años ha pasado desapercibida. En esta conversación reflexiona sobre lo que supone emprender en un sector industrial y altamente técnico, cómo validar una solución física en mercados complejos y por qué la eficiencia, la paciencia y el aprendizaje constante son claves para construir innovación con impacto real.
Hablamos con Gonzalo García, cofundador de Hotta, un emprendedor de perfil técnico que, tras formarse como ingeniero de caminos y trabajar en el mundo del software, terminó impulsando junto a su socio una solución orientada a recuperar y reaprovechar el calor residual generado por infraestructuras tecnológicas como los centros de datos.
A lo largo de la conversación explica cómo una observación muy concreta en un garaje de Soria acabó convirtiéndose en el origen de un proyecto empresarial con fuerte componente industrial, energético y tecnológico. También aborda los retos de validar una propuesta en un entorno con ciclos largos, clientes técnicos y barreras de entrada elevadas; la importancia de las certificaciones, las pruebas de concepto y la comprensión profunda del sector; y el papel que pueden jugar espacios como la Plataforma ONE a la hora de facilitar conexiones, financiación y conocimiento útil para quienes emprenden en ámbitos complejos y de alto impacto.
El calor residual de los data centers es un problema invisible para la mayoría. ¿Qué os hizo ver que ahí había una oportunidad real y desaprovechada?
Fue una combinación de factores muy concreta. Por un lado, mi socio Aarón había montado un pequeño CPD (Centro de Procesamiento de Datos) en Soria, en un entorno frío, y se dio cuenta de algo muy llamativo: en invierno apenas se podía estar en el garaje del calor que hacía, mientras que la habitación que quería calentar seguía necesitando calefacción. Ahí apareció una pregunta muy sencilla, pero muy potente: cómo llevar ese calor que sobra a donde hace falta.
Por otro lado, yo venía de trabajar en un contexto donde cada vez había más infraestructura de cloud privada, lo que implicaba también más centros de datos y un mercado en crecimiento. Cuando unes una necesidad real con una tendencia tecnológica clara, entiendes que no estás ante una anécdota, sino ante un problema estructural.
Además, había una motivación de fondo muy importante: una parte enorme de la energía que consumimos se destina a producir calor, mientras hay industrias que generan calor como subproducto y además gastan energía en expulsarlo. Vimos una ineficiencia evidente, y ese fue el punto de partida de Hotta. Más que inventar una necesidad, lo que hicimos fue mirar donde casi nadie estaba mirando.
Validar un modelo de negocio industrial es muy distinto a hacerlo en software. ¿Cómo validasteis vuestra propuesta en un entorno con ciclos largos y clientes muy técnicos?
Con paciencia, mucha escucha y una lógica muy progresiva. En sectores como este no validas una solución de golpe ni con una única presentación. El proceso empieza, de hecho, resolviendo un problema propio o muy cercano. En nuestro caso, el origen fue intentar mover calor de un espacio donde sobraba a otro donde hacía falta. Ese primer paso sirve para comprobar si la idea es viable.
Después viene lo difícil, que es salir fuera y enfrentarte a un mercado donde al principio casi todo son negativas. Ahí lo importante es no interpretar cada “no” solo como un rechazo, sino como información. Si un cliente potencial te dice que no, hay que entender por qué, recoger ese feedback, ajustar el MVP y volver a intentarlo.
La clave está en conseguir cuanto antes una prueba de concepto real, aunque sea pequeña. Primero validas contigo mismo o en un entorno controlado, y el siguiente paso es que alguien externo lo pruebe. A partir de ahí, cada validación hace que el proyecto gane solidez. Al principio es como empujar un cuadrado; después, poco a poco, empieza a parecerse más a una rueda.
Emprender en sectores industriales no suele ser mediático, pero sí de enorme valor. ¿Qué factores o señales de mercado os convencieron de apostar por este nicho tan técnico?
En nuestro caso hubo una motivación muy fuerte por la eficiencia. Tanto mi socio como yo somos personas muy orientadas a cuestionarnos por qué las cosas funcionan como funcionan y si podrían hacerse mejor. Cuando detectas una ineficiencia tan evidente, cuesta mucho mirar hacia otro lado.
Más allá de que fuera un sector menos visible o menos de moda, lo que nos atraía era precisamente que había un problema real, profundo y todavía poco resuelto. Veíamos cómo se desperdiciaba energía de forma sistemática mientras el mercado y el contexto regulatorio avanzaban hacia la electrificación, la sostenibilidad y la necesidad de fuentes más eficientes.
Con el tiempo, además, la evolución del mercado lo ha ido validando todavía más. La llegada de la inteligencia artificial ha multiplicado la necesidad de computación y ha puesto a los centros de datos en el centro de muchas conversaciones. No es que la tendencia apareciera de repente, sino que nosotros ya veíamos hacia dónde se movía el mercado y enfocamos el producto en esa dirección desde el principio.
Hotta nació literalmente en un garaje en Soria. ¿Qué aprendizajes prácticos os dejó esa fase inicial tan artesanal y experimental?
Muchísimos. Cuando empiezas así, tan desde cero, aprendes de todo porque literalmente te toca hacer de todo. Yo venía de estudiar ingeniería de caminos, por ejemplo, y la electrónica no era en absoluto mi especialidad. Sin embargo, me vi junto a mi socio haciendo placas y resolviendo cuestiones técnicas que nunca habría imaginado abordar unos años antes.
Pero no solo aprendes de la parte técnica. También te toca enfrentarte a toda la dimensión empresarial y administrativa: desde entender cómo constituir una sociedad hasta resolver trámites, buscar información y tomar decisiones con recursos muy limitados. Esa fase te obliga a desarrollar una visión global del proyecto.
Si tuviera que resumir el aprendizaje principal, diría que emprender te enseña sobre todo lo que no sabes. Cuanto más avanzas, más claro tienes que hay muchísimas áreas que no dominas y que vas a tener que entender si quieres construir algo real. Esa conciencia de no saberlo todo es precisamente lo que te empuja a aprender rápido y a adaptarte.
Integrar servidores en infraestructuras reales implica barreras técnicas y regulatorias. ¿Qué obstáculos encontrasteis al principio y cómo los superasteis?
El primer gran reto fue asumir que no bastaba con tener una buena intuición. Había que convertirla en algo técnicamente viable, y eso nos obligó a entrar en terrenos que no dominábamos del todo al principio. En proyectos industriales o energéticos esto ocurre muy rápido: los desafíos físicos, técnicos y operativos son muy concretos, y no puedes esconderte detrás de una presentación.
A eso se suma la parte regulatoria y de mercado. A medida que fuimos avanzando, nos dimos cuenta de la importancia de entender ciertas certificaciones y requisitos que quizá al principio parecen secundarios, pero que si quieres trabajar con clientes grandes terminan siendo imprescindibles. Una de las lecciones más claras fue que no conviene dejar estas cuestiones para más adelante.
La forma de superarlo fue aprender deprisa, aceptar que había que construir conocimiento de manera transversal y traducir el valor de la solución a métricas que el mercado entendiera. En nuestro caso, por ejemplo, los CAE —los certificados de ahorro energético— son una herramienta muy útil porque permiten mostrar de forma clara la mejora de eficiencia y la lógica económica de modernizar ciertos sistemas.
La circularidad y la sostenibilidad son parte central de Hotta. ¿Cómo se traducen en métricas reales o en decisiones operativas del día a día?
Para nosotros la base siempre ha sido la eficiencia. La circularidad y la sostenibilidad no eran un eslogan añadido al proyecto, sino una consecuencia directa de resolver una ineficiencia energética evidente.
Con el tiempo entendimos que, para que una empresa grande o un cliente industrial vea el valor real de una solución así, no basta con hablar de impacto o de futuro. Hay que traducirlo a indicadores comprensibles, operativos y monetizables. Ahí los CAE son un muy buen ejemplo, porque conectan directamente el ahorro energético con un marco de mercado y con un incentivo tangible.
Trabajar en este ámbito te enseña que la sostenibilidad gana fuerza cuando deja de ser una promesa abstracta y se convierte en una mejora medible de eficiencia, ahorro y competitividad. Es ahí donde el discurso se vuelve creíble y donde realmente influye en la toma de decisiones.
Muchas personas emprendedoras quieren entrar en sectores industriales o energéticos, pero la complejidad técnica intimida. ¿Qué dos o tres pasos prácticos recomendarías para empezar con buen pie?
Lo primero es conocer bien el sector y asumir cuanto antes todo lo que no sabes. Es mucho mejor entrar con una actitud de aprendizaje, entendiendo las lagunas que tienes y trabajando sobre ellas, que pensar que ya controlas el terreno.
Lo segundo es buscar una prueba de concepto lo más rápido posible. Da igual que sea muy pequeña, muy artesanal o incluso aplicada a un problema propio: lo importante es validar que la idea funciona en la realidad. En sectores industriales, esa validación inicial vale muchísimo porque te obliga a salir del plano teórico.
Y lo tercero es empezar pronto con todo aquello que sabes que más adelante te van a exigir, especialmente certificaciones o requisitos que serán clave para vender a clientes grandes. Muchas veces se dejan para fases posteriores, pero avanzar en eso con tiempo puede marcar una gran diferencia.
Para cerrar, desde vuestra experiencia, ¿cómo puede la Plataforma ONE ayudar a proyectos como Hotta a conectar con industria, financiación, partners tecnológicos y territorios que buscan soluciones energéticas innovadoras?
Puede hacerlo de varias maneras, y una muy importante es facilitando conexiones útiles. Cuando hablamos de networking, no se trata solo de conocer gente, sino de conectar con demandas reales, con posibles clientes, con partners tecnológicos o con dinámicas de open innovation en las que una solución como la nuestra pueda encajar. Para proyectos que necesitan validación y primeros clientes, eso puede ser decisivo.
Además, la parte de financiación es clave. Disponer de herramientas que ayuden a filtrar ayudas o a localizar oportunidades de apoyo público simplifica mucho un proceso que normalmente es complejo y consume tiempo, algo especialmente valioso para equipos pequeños.
Y también aporta mucho todo lo relacionado con guías, trámites y conocimiento práctico. Cuando emprendes en sectores con componente técnico, industrial o regulatorio alto, hay mucha burocracia y muchas cuestiones que no son intuitivas. Tener acceso a información clara y a recursos que ordenen ese camino ayuda muchísimo a no perder tiempo ni energía en procesos que ya son de por sí exigentes.